La fobia social

La fobia social

El miedo a la evualuación negativa

El miedo siempre actúa, en todos los casos, como una emoción básica que sirve de mecanismo de defensa ante posibles peligros o adversidades. Cuando este miedo se vuelve irracional y excesivo ante un objeto concreto o situación, es cuando aparecen lo que llamamos fobias. Cuando hablamos de fobia social, o trastorno de ansiedad social, nos referimos a un miedo intenso a hacer el ridículo o en sentirse humillado en situaciones de relación social; miedo a actuar de forma inadecuada, que nos provoque una situación vergonzosa ante los demás. La persona afectada siente un intenso miedo a ser observado y mostrar síntomas de ansiedad que se valoren negativamente, llegando a provocar sentimientos de inferioridad o de baja autoestima.

La fobia social es generalizada cuando incluye la mayoría de las situaciones sociales, y es específica cuando se manifiesta en unas circunstancias muy concretas y delimitadas. Hay una gran variabilidad individual en cuanto a las situaciones temidas, como, por ejemplo, a la hora de mantener una conversación con alguna persona desconocida, al reunirse con un grupo de personas que no se conoce mucho, al ser observado o tener que actuar ante otras personas (una exposición oral, una entrevista de trabajo, una cita, etc ...). Estas situaciones se evitan o se soportan con una intensa ansiedad o malestar, interfiriendo de forma significativa en la vida de la persona. Aunque la mayoría de las personas con ansiedad social saben que no deberían tener tanto miedo, no lo pueden controlar. Cuando se trata de niños, la ansiedad no sólo se produce en la interacción con gente adulta, sino también en situaciones en las que se encuentra con otros niños de su misma edad; en estos casos, la ansiedad se suele manifestar en forma de llantos, rabietas, abrazos, quedarse paralizado…

Las reacciones corporales más comunes en la ansiedad social son: taquicardia / palpitaciones, temblores, sudoración, rubor facial, tensión muscular, malestar gastrointestinal, boca seca, sensación de opresión en la cabeza o cefalea, dificultades para tragar alimentos, náuseas, urgencia urinaria... Si bien es cierto que puede parecer normal que haya situaciones, como hablar ante un público o conocer gente nueva, que puedan generar cierta ansiedad o incomodidad, las personas que sufren ansiedad social, sienten preocupación y malestar, incluso , días y semanas antes de afrontar la situación o actuación en público. Esta expectativa anticipatoria de las situaciones, las cuales suelen implicar interacción social y/o ser observado, pueden activar una serie de supuestos o creencias, como por ejemplo: «Los otros me criticarán», «Tengo que causar una buena impresión y me han de valorar positivamente para ser aceptado », « no sé si seré capaz de complacer a los demás, me da miedo equivocarme, hacer el ridículo o no poder controlar la ansiedad », «si los demás reaccionan de forma negativa es por como soy». Estas creencias negativas acaban generando síntomas de ansiedad que serán más o menos marcados en función del grado de deterioro en la anticipación de la conducta, la importancia que se da a las consecuencias previstas de la actuación, y de la proximidad y inevitabilidad de la situación.

Frecuentemente, ante situaciones sociales que generan temor, los que sufren fobia social adoptan lo que se conoce como «conductas de seguridad». Estas son todas aquellas acciones que realiza la persona para atenuar o suprimir la ansiedad, como por ejemplo: evitar ciertas personas, lugares o ambientes, apartar la mirada, preparar excusas para justificar comportamientos, situarse de forma estratégica en los encuentros , revisar y evaluar el propio discurso, despistarse o distraerse pensando en otras cosas, etc. Aunque las conductas de seguridad podrían atenuar la ansiedad a corto plazo, por el contrario, lo que hacen es impedir que la persona afronte realmente la situación que le genera ansiedad, lo que da lugar a una serie de interferencias en la comunicación, que hacen que la persona parezca menos amable y más distante frente a los otros, lo que contribuye a mantener las expectativas negativas sobre la propia actuación, con lo cual se reduce la confianza en uno mismo, dificultando la solución del problema. Las personas que padecen fobia social suelen formarse una impresión de cómo creen que son percibidos por los demás a partir de sus síntomas más visibles: las emociones vividas, los propios errores detectados, las reacciones de los demás o las experiencias previas. Así, la atención, en lugar de centrarse en la tarea que se está llevando a cabo, se centra básicamente en un mismo (especialmente en los síntomas somáticos y autónomos) y en determinadas reacciones de los demás, lo que dificulta una actuación social adecuada.

En general, la fobia social comienza en la juventud, entre los 15 y 20 años. Sin embargo, hay pacientes que no acuden a consulta hasta los 30-35 años, cuando se dan cuenta de las incapacidades que tienen para afrontar determinadas situaciones del día a día. Sin tratamiento, la fobia social puede durar muchos años, incluso, toda la vida. Por ello, se recomienda llevar a cabo un proceso de terapia psicológica.

Desde la consulta, trabajamos con tratamientos empíricamente validados para la ansiedad social, centrándonos con estrategias cognitivo-conductuales. En este caso, la intervención se lleva a cabo sobre síntomas cognitivos (ansiedad anticipatoria, creencias desadaptativas, autoconcepto, etc.), conductuales (evitación, conductas de seguridad, etc) y fisiológicos (temblor, palpitaciones, ponerse rojo, etc. ), que son propios de la ansiedad social. Se utilizan técnicas de relajación, entrenamiento en habilidades sociales, reestructuración cognitiva y exposición. Aunque los programas de tratamiento suelen combinar varios procedimientos, hay que matizar que el tratamiento no se reduce a la simple suma de técnicas y procedimientos, sino en una adecuada articulación e integración de los mismos en función de cada caso concreto.

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